LES CIGARRERES

El edificio de La Tabacalera, un símbolo del barrio de Cimavilla, en Gijón/Xixón, cuenta una de las historias fundamentales de la mujer en el trabajo. En el año 1842 el convento que históricamente había en este lugar se convirtió en una fábrica de tabacos, siendo una de las primeras industrias en Asturias que se abre al trabajo de las mujeres. Les cigarreres representaban casi la totalidad de los trabajadores de la fábrica, con una plantilla de unas 1.600 mujeres. Cada una de ellas estaba especializada en un formato de tabaco (puro, cigarros, pitos) y transmitían su trabajo de madres a hijas. Les cigarreres fueron un símbolo de lucha obrera. Ya en 1903, todavía antes del incendio en la fábrica Triangle Shirtwaist de Nueva York, convocan una huelga por las malas condiciones (pese a su importante labor vivían en total pobreza) en las que estaban. La huelga tuvo un seguimiento total y duró dos semanas, con una victoria en las negociaciones. Un ejemplo en su época, y todavía hoy, de movimiento obrero, que deja un poso cultural y social en Xixón en sus más de 150 años de historia.

GANADERAS

“Les muyeres diben a la cuadra… pero los homes a la cocina non” 

(Josefina Valdés Valdés, Les Regueres)

La ganadería fue por muchos  siglos  el modo de vida tradicional en el ámbito rural asturiano. En todo este tiempo los hombres recibieron el reconocimiento público exclusivo por su labor, al ser ellos los que acudían en representación de la ganadería a las ferias, concursos ganaderos o los recordados como vaqueiros treshumantes. En cambio, la realidad deja a todas luces lo contrario: la figura femenina no solo ha sido importantísima con su trabajo, sino que habitualmente se hacían cargo también del trabajo diario en la explotación.

Esta omisión histórica empezaba desde el momento que tocaba computar la población activa del mundo agrario: la labor de la mujer (con un marcado talante familiar) quedaba subordinda completamente a la figura del patriarca, computando nada más este miembro como trabajador. Incluso cuando las labores asumidos no suponían las propias del género, el hombre seguía siempre presentado como el miembro activo, cuando era la mujer la que se ocupaba por completo del ganado.

Por suerte, hoy en día llegamos a datos más veraces. Hablamos de que, en Asturias, siete de cada diez ganaderías están en manos de mujeres. Y es que, pese a de su invisibilización, pese a de la importancia cada vez más pobre que tiene este sector en la economía asturiana, estas mujeres consiguen hacerse valer y sostener con su esfuerzo este trabajo. La clave del este éxito es de sobra conocida, idiosincraticamente femenina: la colaboración. Valiéndose de las redes sociales, programas como Ganaderas con Talento ayudan a 73 ganaderas a intercambiar ideas sobre veterinaria, liderazgo o gestión empresarial, con el propósito de gestionar mejor y modernizar la explotación ganadera.

MINERAS

“Una escena muy corriente en toda la cuenca asturiana: las mujeres que cargan vagones. Generalmente son jóvenes, quizá la mujer o la hija de un minero”

Con esta frase quedaba resumida para el cronista de El Carbayón (1929) la labor de aguadoras, lampisteras, vagoneras, carboneras o entibadoras. Estos han sido algunos de los oficios desempeñados por las mujeres mineras asturianas, mujeres que han soportado unas condiciones sociales denigrantes al padecer no solo el peso de un sector con condiciones hestóricamente pésimas, si no también las de una sociedad machista que cargaba en ellas todo el peso de las responsabilidades familiares.

Además, igual que a las ganaderas, las reglas del derecho laboral hacía que, muchas veces, algunas de ellas no podían cobrar la nómina (derecho ejercido por su marido),  cuyo sueldo había sido la mitad que el de los hombres (incluso trabajando más horas que ellos) o que no tuvieran derecho a recibir una paga por silicosis porque trabajaban en el exterior -el reglamento a partir de 1897 no deja a la mujer trabajar dentro del pozo-, aunque fueran ellas las que más polvo respiraban. Si ya era duro el trabajo de minero, quién se puede imaginar como sería el de aquellas mineras, que además tenían que «entibar» la vida familiar.

A lo largo del sieglo XX su trabajo dentro, así como el apoyo fuera de la mina, fueron fundamentales en las constantes luchas sindicales. Eso sí, todo sin dar de lado sus propias reivindicaciones con las que consiguieron, en 1992, que el Tribunal Constitucional reconociera el derecho de la mujer a trabajar en la mina.